sábado, 29 de abril de 2017

Cinco narraciones con nostalgia y lirismo






José Ramón Muñiz Álvarez

"CINCO NARRACIONES CON NOSTALGIA Y LIRISMO

Y UN EPÍLOGO A

DESHORA"





"Los viernes en la Fuente de los Ángeles"



Los viernes eran días de aventura: la tarde de los viernes era hermosa, dichosa como el tiempo del verano. Las clases se acababan y los niños salían con apuro de la escuela, soñando libertades imposibles. Quedaba atrás el lápiz, la pizarra, las mesas de los niños, los pupitres, los libros y los viejos diccionarios...

-¿Y dices que hay raposos en la zona? -le oyó decir, con aire triste y tímido, después de que cruzaron por el puente. La Fuente de los Ángeles, atenta, sabía del rumor de los muchachos que vuelven de visita en el otoño: solían adentrarse en la arboleda y amar el barro triste de noviembre, cubierto por las hojas desprendidas.

-Supongo que los hay, porque los montes están llenos de arbustos y de helechos -le dijo, no sin algo de ironía.  Sabía que su hermano se asustaba, después de que la abuela les constase sus cuentos y leyendas misteriosas; en ellas, criaturas sorprendentes, llegaban cada noche, y, en los claros, hacían singulares aquelarres.

-Yo nunca tuve miedo a los raposos -siguió con aquel tono tan burlesco que casi parecía provocarlo. Su hermano era menor e imaginaba que el zorro, como el lobo, era de instintos violentos y tenía gran peligro. Le tuvo que decir que no es posible que ataque al hombre el zorro, porque el zorro se escapa si percibe que hay humanos:

-No es fácil que lo veas, si se esconde -le comentó entre risas, satisfecho, jactándose ante el niño asustadizo. También podrían ver, según le dijo, con un poco de suerte, si se tercia, quizás alguna ardilla despistada: lo propio es encontrarlas en verano, y en estas fechas suelen recogerse, huyendo del avance del invierno.

-Podrás ver un milano, si te fijas -le prometió, sabiendo que el milano se pierde siempre raudo, entre las frondas. Ardillas y raposos, un milano, tal vez la voluntad del que imagina y el gusto por perderse por los montes... Los árboles más viejos vigilaban, mezclados con los altos eucaliptos a aquellos dos zagales atrevidos.

-No es raro ver un ferre en este sitio -volvió a insistir-, mas has de estar atento: en solo unos segundos, ya se han ido.

El chico se esmeraba en encontrarlo, buscando con los ojos bien abiertos las ramas y las nubes poderosas. Las aguas de la fuente susurraban los cantos de las tardes moribundas a quienes escuchasen sus conciertos.

-¿Seguro que hay milanos en la zona? -dudaba ya el muchacho, tras un rato, cansado de la larga caminata. Los jóvenes y niños tienen prisa, su edad es agitada y los empuja, volviéndolos espíritus inquietos. Y es lógico pensar que se impacienten, si excitan el carácter del curioso que quiere descubrir cosas variadas.

-Tú déjame coger estas castañas -le dijo con un aire autoritario, poniéndose en su sitio firmemente. Sabía que las horas de la tarde se van con más apuro en esos meses que llegan con los vientos del otoño, sabía que la brisa del crepúsculo quería destronar los brillos débiles del sol que alcanza al fin el horizonte.

Hablaban de los búhos y lechuzas, del cárabo en la noche y de sus gritos, que suelen ser a veces lastimeros. La gente de la aldea temió siempre las voces repentinas de estas aves que se oyen en la noche silenciosa. El niño se asustaba y, escuchando, quería conocer esos misterios que solo saben brujas y hechiceros. Hablaban de la noche y sus peligros, las voces que se escuchan a lo lejos, pasados ya los días de difuntos. La voz de los caminos, esos días, parece diferente, y sus canciones evocan otros siglos muy distintos. El alma de la gente de los castros retorna, por lo visto, y sus susurros resuenan en los bosques y colinas. Hablaban del otoño y las castañas, del viento que, arrancándolas con fuerza, las deja entre los barros del sendero. Las zonas donde crecen los helechos esconden las mejores, muchas veces, si hay alguien que ya vino por la zona. Llenar la bolsa es siempre gran trabajo, y el día se acababa lentamente, negándoles la luz en la espesura.

Atrás quedaba el tiempo del verano, los baños en la playa, los pedreos, los días de silencio y bajamares. Los barcos recogidos y los botes podían sospechar los temporales que llegan cuando es tiempo de castañas. Y aquellos eran meses nocturnales, de calma pusilánime y tristeza, de leña y de carbón en los fogones. Y fueron avanzando en el sendero, dejando allí la noche más intensa, más dura y más terrible entre los árboles. Las aguas de la fuente murmuraban leyendas de las brujas y hechiceros, amigos de los gatos y raposos. Las llamas del crepúsculo elevaban su brillo moribundo, como un verso nacido de la pluma de Machado. Y, estando en casa ya, junto a la estufa, quitaron los abrigos, acercándose, para besar el rostro de la abuela. La gente se sentaba y un brasero brindaba su calor, siempre agradable, en esas noches siempre prematuras. Entonces no existían transistores, no estaba en esos años en las casas la luz de la pantalla de la tele.

Echados ya en la cama, disfrutaron del eco del silencio, del susurro del aire, cuando roza la arboleda. Lejanos, los ladridos de los perros, pudieron encender las sensaciones secretas del misterio de la noche. La lluvia fue cayendo, lenta y triste, llenando de poesía los rincones callados y apagados de la casa.

-Mañana volveremos por los montes -le dijo al más pequeño-, y buscaremos los níscalos que nacen de la tierra. Sabía de un lugar donde los pinos se mezclan con el aire a los aromas amables de los viejos eucaliptos. La tierra humedecida sorprendía, sin duda, al caminante que quisiese perderse entre las sombras de los árboles.

-Mañana volveremos muy temprano -le dijo al más pequeño, prometiendo tener más aventuras y emociones. La noche era más densa en esos tiempos, más gruesas sus tinieblas en el aire, más fuertes sus silencios moribundos. Y en esa calma amarga y melancólica, vencidos, los muchachos se durmieron, soñando con milanos y raposos.

Y el sueño, pronunciándose, cantaba los cantos de las aguas de la fuente, las voces de la brisa entre las ramas. Y el aire en las ventanas fue recuerdo del llanto de la lluvia en las espumas del mar del muelle triste y de los botes. El sábado de otoño llegaría vendido por los gritos repentinos que se oyen cuando chilla el aguacero. La noche era la noche, sin embargo, y el aire de la noche, con su frío, tentaba entre las sombras a las brujas. Sus horas eran densas, tan oscuras, tan tristes que los seres nocturnales podrían tener miedo de la noche. Los duendes de la zona no dudaron en esconder sus risas y miradas, sabiendo prevenirse del peligro. Las hadas de los bosques y la xana que habita los contornos de la zona temieron, como el trasgu, como el cuélebre. Las brujas y vedorios que escuchaban las voces y ronquidos de los vientos también sintieron miedo entre sus mantas. Y tú, que vas leyendo este relato, también tuviste miedo aquella noche, si no es que tienes miedo al ir leyendo.

La lluvia fue cayendo, lenta y triste, llenando de poesía los rincones callados y apagados de la casa. La lluvia fue llegando, bella y dulce,  dejando su color por los lugares dormidos, silenciosos, soñolientos. La lluvia vino pronto, repitiéndose, vendiendo su pregón en cada cuarto, plagado del cansancio de la gente. Distantes, los sonidos de la lluvia, pudieron sugerir las emociones intensas del recuerdo de la tarde.  Perdidas, las palabras pronunciadas, quisieron avivar las aventuras vividas en las horas del crepúsculo.  Risueñas, resbalando en los cristales, pudieron sosegar los sueños plácidos de aquellos niños llenos de inquietudes.  La lluvia, sin embargo, fue cayendo, llenando los rincones de poesía, llenando cada esquina de misterios. Su grito, al apurarse, fue llegando, venciendo a su capricho aquel ambiente de sombras y susurros repentinos. Se oían los ronquidos de la abuela, su voz cascada ya, tras tantos años, el aire que escapaba de su boca...

Y, ahora, si os parece -pues es justo-, dejemos descansar a los que duermen, queramos respetar ese descanso: no en vano, entre bostezos y ronquidos, suceden otras partes de la vida que no han de saber nunca los que sueñan. Dejemos que se vayan a esos reinos, queramos permitirles esos viajes a mundos que nos son desconocidos. Pensad que con la lluvia es suficiente: nos basta con sus golpes educados, rozando levemente los cristales. Pensad que con el aire y la ventisca los puertos tienen su romanticismo y lloran las espumas de las olas. Sentid también que el aire toma cuerpo, que tiene más espíritu si acaso, habiendo esa humedad que trae la lluvia. Y, mientras, cautivados por su magia, la lluvia os ve también ceder al sueño, sabed que me retiro, pues es tarde. Dormid en paz, callad como se callan las horas que respetan a la gente que duerme silenciosa en cada cama. Soñad también con árboles y mares, con fuentes apartadas y estaciones cercanas a esos dulces manantiales.

Y, si sabéis amar el canto dulce del agua que desciende de los cielos, probad a dar oído a sus querellas: podréis amar entonces la añoranza que prende, en el otoño, en los muchachos que fueron a la escuela hace ya décadas; acaso gozaréis del eco triste del agua repentina, de los charcos, del grito cuando corre el aguacero. Y entonces hallaréis que la poesía revive donde cae agua de lluvia, regando con sus gotas la memoria. Y es cierto que la lluvia hará más bellos los puertos y las playas donde llega, haciéndolos brillar ante vosotros. Sabed que vuestros ojos querrán verlo, si el puerto cobra el brillo de la lluvia que cae sobre los barcos y las lanchas. Los bosques, cuando llueve, también brillan, y brilla el claro hermoso con la luna, si el agua lo bendice en el otoño. Después llegará el alba, y, con el alba, la luz verá de nuevo a los hermanos buscar en el pedreo y en el monte. Los viejos champiñones y los níscalos, igual que los mariscos de las costas, parecen ser excusa, en cualquier caso.

-¿Y dices que hay raposos en la zona? -le oyó decir, con aire triste y tímido, después de que cruzaron por el puente. La Fuente de los Ángeles, atenta, sabía del rumor de los muchachos que vuelven de visita en el otoño: solían adentrarse en la arboleda y amar el barro triste de noviembre, cubierto por las hojas desprendidas.

-Supongo que los hay, porque los montes están llenos de arbustos y de helechos -le dijo, no sin algo de ironía.  Sabía que su hermano se asustaba, después de que la abuela les constase sus cuentos y leyendas misteriosas; en ellas, criaturas sorprendentes, llegaban cada noche, y, en los claros, hacían singulares aquelarres...

Los viernes eran días de aventura: la tarde de los viernes era hermosa, dichosa como el tiempo del verano. Las clases se acababan y los niños salían con apuro de la escuela, soñando libertades imposibles. Quedaba atrás el lápiz, la pizarra, las mesas de los niños, los pupitres, los libros y los viejos diccionarios...





"De modo que la lluvia nos convence..."



-De modo que la lluvia nos convence..."

Diciendo estas palabras, se sentía más viejo y melancólico, buscando milagros imposibles en la altura. Después buscó los robles del arroyo: el cielo en primavera es tan cambiante como el follaje seco de noviembre, vestido por colores encendidos. Y dijo del abril cosas perversas: sabía que la muerte es un fastidio que arranca la coherencia necesaria para insistir con ánimo en el mundo. Lo suyo fueron siempre paradojas: de ser un inmortal, lamentaría dejarse a su dolor y a su fatiga, pero este no era el caso para nadie. Y entonces encendió su cigarrillo. Lo cierto es que fumaba como fuma la gente que combate con la nada y aguarda a despejar sus ansiedades.

Él era, sin embargo, un animista: en África es corriente que las gentes supongan los espíritus que habitan los árboles y palmas de la selva. No existe un animal sin un espíritu. El alma impregna todo lo que vive, la vida llena todo un universo y el agua de los ríos está viva. En África se dicen muchas cosas. Lo mismo que entre gentes africanas, soñaba infantilmente con los seres que pueblan cada bosque y cada lago. La lluvia y el ocaso tienen vida, quizás ante los ojos del poeta, que mira con sus ojos ese mundo, buscando hallar conceptos muy distintos. La lluvia era el espíritu en sí mismo. La lluvia en primavera siempre tiene su gracia, su dulzura y vivifica las cosas con su aroma y con su aliento.

-De modo que la lluvia nos anima...

Diciendo estas palabras, intentaba dejar pasar acaso unos instantes, soñando hallar quizás un imposible. Después miró el asfalto con tristeza: las gotas dibujaban su presencia de forma intermitente en ese suelo de grises y de polvo miserable. Sabía que se estaba consumiendo. Buscaba la manera de calmarse, de hallar resignación para el suceso difícil de la edad, cuando se escapa.

Es triste envejecer sin advertirlo, y el tiempo que transcurre nunca borra las huellas de ese tiempo transcurrido que juega con placer a atormentarnos.  Y huyó por fin un verso de su boca, cantando la amargura del barroco que sabe que se extingue para siempre, que sabe que se muere para siempre.

Y recordó los días de la infancia: la infancia pesa mucho en los poetas, que juegan con sus raros acertijos a hacer juegos de extraño conceptismo. Y recordó los juegos de la infancia: tal vez es la niñez ese momento que forja en las personas emociones que habrán de pesar luego en su camino. Y recordó los días de colegio: los niños se acercaban muy temprano, con la cartera al hombro, al viejo patio, no lejos de la puerta de la escuela. Y recordó las tardes en los bosques: amaba como nadie esos caminos que cercan los helechos y eucaliptos que cierran las más densas espesuras. ¿Quién sabe si los duendes se ocultaban? Y es cierto que los duendes, escondidos, miraban a los viejos y a los jóvenes que andaban los caminos de la aldea.

-De modo que la lluvia nos alegra...

Diciendo estas palabras, pretendía la paz espiritual que no tuvieron ni habrán de tener nunca los mortales. Y vino aquella brisa silenciosa. Rozaba amablemente el rostro triste del hombre que, mirando los paisajes, sintió su propio otoño en primavera.

-Abril me ha traicionado nuevamente.

Hablaba con dureza de esos meses de luces y alegría, tan distintos al ánimo callado de su espíritu. Y supo comprender con amargura: la culpa del abril no era la culpa del sol ni del cuclillo cuando canta, queriendo guarecerse de nosotros. Sabía que era él mismo el gran culpable: se había despegado de la infancia, su crimen era aquel asesinato del niño que hubo sido en otro tiempo.

Y quiso ser de nuevo un inocente: los niños tienen tanta fantasía que habitan un lugar hermoso y mágico, con hadas y con ninfas en las charcas. Pensad que cada fuente está habitada: los elfos viven lejos, guareciéndose del mundo tan prosaico que los hombres estamos construyendo en este tiempo. Pensad que un geniecillo nos contempla, pues siempre entre las hierbas y los prados habitan esos seres misteriosos que algunos han llamado elementales. Y, siendo un inocente nuevamente, los brillos de aquel sol cobraron vida, quizás unos instantes, en un sueño, pues saben bien soñar los que son niños. Y, entonces, comprendió todo el problema: buscaba en ese sol y en esa lluvia un eco de vivencias del pasado, perdidas para siempre en el olvido.

-De modo que la lluvia nos alcanza...

La lluvia nos alegra, nos alcanza, nos hiere y entristece, nos bendice, nos ama y nos combate con su furia... Estaba obsesionado con la lluvia: la lluvia de los charcos y los barros, la lluvia del asfalto y las aceras, la lluvia que llegaba cada día... Estaba obsesionado con el tiempo: las horas y los días, los momentos que huyeron para siempre y que dejaron un hueco tenebroso en lo profundo. Y entonces supo todo lo ocurrido: un algo del abril y de sus lluvias, su sol y el brillo tenue sobre el prado, querían sugerirle algún recuerdo. Y el caso es que el recuerdo no era nada, pues suele acontecer que los recuerdos son nada cuando solo son olvido, si no quiso guardarlos la memoria.

Pero él volvió a creer en las leyendas: de nuevo hubo en las cuevas viejos cuélebres, dispuestos a guardar esos tesoros dejados por los moros hace siglos. Pero él volvió a creer en los espíritus: las fuentes ocultaban a la "xana", desnuda algunas veces, regalándose, con gracia, a la alegría de aquel baño. Pero él volvió de nuevo a los relatos: el cárabo era horrible y anunciaba la muerte a los ancianos en las casas, llegada ya la noche silenciosa. Y pudo ser de nuevo un nigromante: amaba todavía aquella atmósfera curiosa de los cuentos consagrados, con magos y hechiceros de otras eras. Y fue por fin de nuevo un nigromante: la suya fue la extraña nigromancia que busca nueva alquimia en la poesía que brota de un afán incontrolado.

-De modo que la lluvia nos destroza...

Tal era su insistencia con la lluvia, con el abril hermoso y con sus luces, los brillos sobre el campo humedecido. Su hermano se aburría al escucharlo, si hablaba de la lluvia o del recuerdo, con aires de poeta ensimismado, queriendo revivir lo ya vivido. Sabía que era un hombre melancólico, y el caso es que el carácter melancólico soporta mal las idas y venidas del tiempo, refugiándose en la infancia. Cansaban sus lamentos y palabras, cansaban sus querellas a deshora, buscando en la nostalgia soluciones que nunca podrá haber para los viejos.

-¡Si acaso te callaras...! -le decía.

Y siempre fue el abril un mes lluvioso que abrió su corazón a aquellas quejas cantadas en salmodias prolongadas.

Ahora, reviviendo viejos tiempos, buscaba en cada senda aquellos seres de tiempos ancestrales, esos seres que existen donde vive la leyenda. Ahora, reviviendo aquella infancia, jugaba a sospechar que había visto quizás en la hojarasca el movimiento de un hada que se quiso esconder pronto. Ahora, recordando aquellos cuentos, soñaba con enanos y con brujas, diciéndose a sí mismo que eran ciertos los elfos que flotaban en el aire. Ahora, recordando la poesía, jugando a conquistarla nuevamente, vivía recitando las historias contadas por los viejos de otro tiempo.

-Debieron existir esas criaturas...

Solía dialogar consigo mismo, queriendo ser de nuevo aquel muchacho dejado atrás después de mil decenios.

-De modo que la lluvia nos inspira.

Tenía los defectos de los necios que escriben poesía sin el arte, dejándose llevar por sus instintos. Y hay algo vanidoso en este rasgo. Lo cierto es que tampoco era un hipócrita y un algo de la lírica llegaba, sincera, al alma triste que sufría, dejando que el dolor se hiciera prosa. Amaba la poesía como nadie: sus versos eran pródigos, fecundos, llenando de tristeza el calendario, pero en abril tomaba más arranque. Los otros padecían en silencio: parientes, familiares, los amigos callaban su cansancio, la fatiga de tantas reflexiones subjetivas. Sabed que los poetas son cansinos y el gusto por la voz de la poesía requiere de paciencia, muchas veces, pues nunca hubo un poeta llevadero.

Solía repetir a sus sobrinos:

-Hay algo del ayer que nos permite volver a la niñez y ver los trasgos, los diaños y sumicios de la casa.

Solía comentar al vecindario:

-Hay algo de la infancia que no muere, que vuelve a despertar, pasado un tiempo, y viene a darnos alas para todo.

Solía insistir siempre en la farmacia:

-Hay algo todavía entre nosotros de aquello que ya fuimos que renace, dejándonos mirar con otros ojos.

Decía al revisor en los vagones:

-El mundo que habitamos pide acaso mirar con amplitud, saber más cosas, pues algo hay de verdad en la leyenda.

Volvía a repetirle a la enfermera:

-Los cuélebres de antaño, los de entonces, murieron, pero queda su misterio, perdido en los umbrales de lo ignoto.



"De modo que la lluvia nos complace...

Desciende de la altura lentamente,

nos roza con su brillo cristalino,

su beso delicioso y apagado...."

De modo que la lluvia nos complace...

La lluvia que refresca el campo todo

pudiera hablar de historias a los niños,

diciéndoles los seres que se esconden..."



Diréis que don Quijote ha regresado. Yo os digo que revive don Quijote, si es cierto que hay poesía en este mundo poblado de misterios insondables. Diréis que muchos locos andan sueltos. Yo os digo que los locos son los genios que inventan fantasías de la nada, no solo por batirse con el tedio. Diréis que tantos versos valen poco. Yo os digo que un poema es siempre bello, si, al menos, quien lo escribe quiere hacerlo con ritmos y sonoras melodías.

El caso es que en su cuarto, en la mesita, guardaba, en un cajón, aquel cuaderno, y en él iba apuntando versos raros y rimas arbitrarias a su gusto: "De modo que la lluvia nos complace." Así le oyeron siempre los amigos, los primos y vecinos, los sobrinos, pues nunca renegó de sus ideas. Y vino abril con soles y con lluvias, y, en tanto, convenciéndose de todos sus sueños y locuras, deliraba, cantaba el verso alegre de improviso:

-De modo que la lluvia nos complace...

Y entonces los centauros de los bosques llamaban con sus gritos al silvano callado en la floresta y a las ninfas. Los duendes, temerosos, se ocultaban. No lejos, las ondinas, asustadas, volvían a la hondura de las fuentes, las charcas y mansiones que tenían.

Y hablaba de crepúsculos y auroras, también de aquella lluvia interminable, de todos los recuerdos sugeridos, del niño que enterró en aquellos tiempos. La lluvia era el motivo favorito:

-De modo que la lluvia nos saluda, nos roza, nos inspira y nos deleita, queriendo regresar a aquellas tardes...

La gente se cansaba de escucharlo:

-De modo que la lluvia nos abraza, nos besa con su cuerpo, humedeciéndonos, acaso regalando su existencia...

Llegaba a ser fatal, desesperante:

-De modo que la lluvia nos sugiere momentos retenidos en la psique, libera nuestro ayer, nos lo devuelve...

Y entonces prolongaba sus tiradas, igual que los juglares del medievo, cantándole a la lluvia sus victorias sobre el olvido gris de nuestros días:

-¿Podrán las horas tristes del crepúsculo, calladas como el beso humedecido del aire, tras la lluvia, renovarnos, llevarnos a ese mundo del olvido? ¿Podrán recuperar aquellos días? La luz de la mañana era tan bella como el coral que duerme en los abismos de mares tan profundos como el alma. ¿Podrán recuperar aquellos tiempos? Quizás traigan las botas que calzamos en tardes de tormentas encendidas y charcos que pisar junto al camino. (¿Y charcos que pisar junto al camino?). Pues hubo en otro tiempo mucha lluvia y aquellos charcos tristes se ofrecían, pacientes, al afán de nuestros juegos. Hay algo de inocencia que se pierde, y hay algo de verdad en la inocencia, si acaba de morir cuando uno deja la infancia que se va desvaneciendo.





"Las horas del crepúsculo"



Las horas del crepúsculo se encienden: la noche va arrimándose, serena, detrás del horizonte, entre las nubes, queriendo conquistar su viejo imperio; la sombra va adueñándose de todo y el mundo queda inmerso en su dominio, sabiéndose dominio de la nada; la densa oscuridad de los ocasos domina el viejo idioma de la muerte, y todo se ha callado de momento.

Las horas del crepúsculo se pierden: los rayos se abandonan a lo lejos, sus brillos se aletargan y, de pronto, nos quedan solamente las estrellas. Y, entonces, porque ya la primavera pretende hacer camino entre sus bosques, se escuchan mil sonidos alejados. Y oyendo tales mezclas de sonidos, oyendo el pulso triste y tan distante, percibe uno de nuevo aquellos días.

Los tiempos de la infancia han regresado: respira el alma el aire humedecido y acierta en el espíritu una idea que arranca las verdades al olvido; la brisa se hace amable y, caminando, contemplan los paisajes de la noche los ojos que los vieron otras veces; el aire es agradable con la gente que deja que se escapen, entre brumas, recuerdos de un ayer que ya no existe.

Los tiempos de niñez se desvanecen: atrás quedan los cantos del cuclillo, perdido en la hojarasca, entre las frondas, sabiendo sospechar mil aguaceros. Atrás queda el abril de aquellos tiempos de lápices, cuadernos y de tizas, de lluvias repentinas y arco-iris. Atrás quedan también las esperanzas volcadas sobre sueños imposibles que pueden habitar en la inocencia.

Y entonces uno escribe para nada: tal vez en el sabor del desengaño se encuentra la respuesta a los motivos que están detrás de todos los que escriben. También pudiera ser que la nostalgia nos haga poner siempre por escrito recuerdos que se pierden al instante. El caso es que estas cosas no interesan jamás a los lectores, si hay lectores, que puedan acercarse a nuestras líneas.

Al menos fue la forma en que lo vieron:

-No sirven para nada los escritos que evocan las tristezas subjetivas -dijeron sin dudarlo ni un momento: José no comprendía aquel desastre de versos esparcidos por el mundo, sin un lector que osase a abrir un libro. Ramón hablaba siempre del fracaso como un destino cierto, ese destino que no lamentó Muñiz al ver sus obras:

-No sirve para nada la poesía.

¿Palabras derrotistas, solamente? Pues Álvarez, quizás desesperado, soñaba con dejarlo para siempre. Quizás así arrancase la amargura de verse en el absurdo que sorprende, sin ánimo, al autor de tantas páginas:

-No quiero escribir más, no vale nada.

Ninguno dijo entonces que era pronto. Los cuatro, decididos, se juraron dejar la pluma al fin, dejarlo todo y abandonar la lira de los sabios. Los cuatro, decididos, prometieron borrar en el olvido su esperanza, su fe en la expectativa más inútil. Los cuatro, finalmente, concluyeron que nunca abandonar es cosa fácil, y todos escribieron nuevas cosas.

Las horas del crepúsculo lo dicen: la noche va arrimándose, serena, detrás del horizonte, entre las nubes, queriendo conquistar su viejo imperio; la sombra va adueñándose de todo y el mundo queda inmerso en su dominio, sabiéndose dominio de la nada; la densa oscuridad de los ocasos domina el viejo idioma de la muerte, y todo queda escrito para siempre.





"Las tardes del verano perdieron sus rigores"



Las tardes del verano perdieron sus rigores: septiembre vino triste y melancólico, robándoles la luz de aquellos días, y el sol, acaso débil, después de pronunciar una derrota, se rinde, sin embargo, con orgullo. Las clases dan comienzo y atrás quedan las playas, los días del silencio de las playas, las horas de la calma de las playas, y el aire misterioso, que corre, juguetón, con su alegría, podrá borrar el tedio con su beso. Diréis que el Sol Invicto regresará en diciembre, y, en tanto, por lo pronto moribundo, lo vemos retirarse a su crepúsculo, como un anciano triste, dejando la ilusión en el camino, como una joya vil que ya no brilla. Y hay luz en cada puerto y hay sol en cada costa: pensad que con septiembre los veranos empiezan a morir, pero su fuerza persiste más allá, dejando atrás los días del octubre, llegando sus suspiros a difuntos. Y hay luz en cada valle y hay sol en cada monte: las tardes pueden ser aprovechadas y es bello aventurarse entre los árboles, jugando en los lugares con esos "walkytalkies" de la infancia que habrían de volver a regalarnos.

Así fueron los años dejados hace tiempo: los niños eran antes más dichosos, más ágiles y alegres, porque, libres, jugaban a sus anchas, hallando los paisajes siempre verdes que dan la libertad al que la pide. Las cuestas, como hoy día, se hacían trabajosas:

-Tú sube y pisa bien, porque patina -le oyeron a Daniel en pleno monte, perdido entre los árboles, amigo de castaños y de robles que aguardan los crepúsculos de otoño.

Los otros escuchaban atentos sus palabras, queriendo improvisar aquel camino, buscando, procurando la aventura, creyentes en sucesos de los que se contaban en la aldea, leyendas del ayer en el olvido. Los riesgos eran otros pisando aquellos suelos.

-No es fácil, porque el barro se nos pega -le oyeron responder al más pequeño, capaz de mantenerse, cogido a un palo seco que era el báculo que hincaba, sujetándose con furia.

-Ten ánimo, que estamos muy cerca de la cima.

Hoy día nuestras vidas son distintas al tiempo de prisión y libertades llegado con los viernes, después de la salida del colegio, llevando la merienda en la mochila.

Atrás queda la sombra de densos eucaliptos: pensad que esos lugares eran densos igual que la espesura de la noche que se hace impenetrable, que no deja llegar al ojo atento que busca entre tinieblas el camino. Atrás quedan las nieblas de la niñez perdida: entonces era bella la ventana bañada por aquellas humedades llegadas del océano, si entraban por la mar, que era esperable, después de todo, al lado de la costa. Atrás quedan leyendas en labios de los viejos: nosotros las creíamos a veces, y, a veces, con no poca desconfianza, mostrábamos un juicio más propio de las gentes racionales, burlándonos de aquellos disparates.

-Quizás tiene sentido pensar que en el pasado los cuélebres poblaron esta zona -decían a Daniel sus compañeros-. Tú piensa que eso es lógico: fue un tiempo muy lejano y ya no quedan criaturas de esos tiempos de leyenda.

El tiempo fue corriendo, robando la inocencia, y, al ver que la inocencia, como el cuélebre, ya es cosa de otros tiempos olvidados, supongo que soy viejo, que vuelvo a ser un niño solamente cuando ese niño vuelve de otras épocas.

Las tardes del verano perdieron sus rigores...





"Los tiempos de pedal y bicicleta"



La lluvia que, insistente, nos alcanza, nos habla de la muerte del verano, llegados ya los días de septiembre. Desciende sin apuro sobre el bosque poblado por las hojas del helecho que duerme bajo densos castañares. Desciende sin apuro en las veredas que esconden eucaliptos y robledos que vieron esas tardes de la infancia. La lluvia nos fascina y nos reduce con ese encanto mágico que sabe llenarnos de febril melancolía. Su llanto nos deleita, nos transporta, llevándonos a un tiempo de la vida distante pero dulce, muy querido. Sabed que la niñez no muere nunca, después de consumida, que revive, que vuelve a despertar en los adultos. La lluvia nos devuelve aquella infancia, si el sol se asoma, tímido, y dibuja sus luces en un cielo tan voluble. Entonces la añoranza nos entrega capítulos perdidos hace tiempo que siempre fueron parte de nosotros. La gente vive unida a los paisajes que pudo comprender cuando, en la infancia, corrían por la vía tantos trenes.

Los trenes que fascinan a los niños son mucho más que trenes, pues evocan un tiempo del ayer, muy diferente. Hablar de un tiempo bello, aquellas épocas, se torna en emoción mientras la lluvia nos hace recordar los viernes tristes. Tal vez los aguaceros desterraban los sueños del verano moribundo, dichoso ante el recuerdo que lo admira. Aquellos eran días muy distintos, y entonces era bello hacer camino con una bicicleta por los montes. Hallar sobre los campos un milano, mirar a las ardillas en las ramas podía ser a veces la aventura. Los ojos de aquel niño siguen vivos y habitan el recuerdo en los cajones que pueblan el jardín de la memoria. Y yo quiero volver a esos recuerdos, mirando las cortinas de la lluvia, gozando las cortinas de la lluvia. De pronto la humedad huele a pasado, y, haciéndome pasado con la lluvia, intento ser abrazo de la lluvia. De pronto se confunde, en el presente, la lluvia de otras veces, esa lluvia que pudo ser la misma que recibo.

Y vuelvo a caminar por los caminos que pude caminar en los ochenta, después de que el verano se acabase. La tierra humedecida huele fuerte, también las arboledas que custodian la vieja carretera de esas tardes. Aquella carretera era la ruta que pude conocer en excursiones fugaces, cuando no tocaba playa. Y vuelvo a caminar por los caminos, soñando que regresa el que solía, y al tiempo soy yo mismo en el presente. Y el loco enamorado de la lluvia desea, como siempre, esa añoranza que tienen las Asturias donde habito. No falta la niñez, y, sin embargo, me van faltando a veces tantas cosas... No tengo a las abuelas, por ejemplo. Y vuelvo a los caminos del entonces, soñando que soy yo, sin ser acaso la voz que fui de niño en otro tiempo. Y acaso los fantasmas me recorren y busco en la aventura de la vida los tiempos que se fueron para siempre. Por eso, junto a Góngora y Quevedo, procuro las extrañas reflexiones, no lejos de una torre ya ruinosa.

La torre, en la parroquia de Perlora, domina, desde Yavio, los lugares que quedan bajo la colina suave. La hiedra la ha tomado, y con la hiedra parece que los siglos que supieron su historia resucitan al mirarla. Por eso recordar esa esa colina se vuelve interesante, filosófico, tal vez para encender mis reflexiones. Y la meditación se hace camino y vengo a sumergirme en pensamientos curiosos, peregrinos y amargados. Acaso la niñez fue diferente, poblada por insólitos momentos de risas repentinas y alegría. Y quiero ser alegre como entonces, preciso ser alegre como entonces y pido ser alegre como entonces. Y hay algo de alegría en las tristezas que encienden algo mágico, secreto, callado en la memoria, silencioso. Es algo inaprensible y nunca dura, si no es escasas décimas, pues vuela, se va de nuestras manos como el agua. Y es mezcla de alegría y de tristeza, y es algo de pasado y de presente, fundidos en la mezcla más absurda.

Tal vez en la poesía los recuerdos avivan el pasado ya vivido, si quieren los caprichos de las lluvias. Tal vez en la poesía los recuerdos despiertan del letargo en el que existen y cobran esos reinos de otros días. Tal vez en la poesía los recuerdos nos hablan de nosotros, nos anuncian aquellas aventuras olvidadas. Y, viendo en la poesía esos poderes que arrastran a vivir en otro tiempo, se siente uno de ayer, y va dejándose. Dejarse es regresar a lo vivido, volver a repetir esa vivencia, querer ser algo más de lo que somos. Dejarse es ser el agua del arroyo, ser agua de los cielos, ser la lluvia, que sabe recordar aquellas épocas. La música también nos hace a veces fundirnos en las noches más oscuras de toda la materia que era olvido. Y todos los paisajes olvidados pudieran renacer con sus colores, más vivos que una foto en blanco y negro. Pues todos los olvidos resucitan, si suenan esas músicas de entonces, los valses de otros años más felices.

Por eso escribo versos cada día: los versos se me antojan la manera de hallar al niño alegre de otras veces. La vieja bicicleta está en su sitio y es fácil recordar las pedaladas difíciles en cuestas y senderos. Aquellas pedaladas exploraban la llama más febril del sol vencido, su luz en las Asturias de llovizna:



"El gris del cielo hiere con su espada

las luces de la tarde, pero sigo

la senda a mi capricho, como siempre.

Los viejos castañares me saludan

y, triste, el eucalipto me contempla,

veloz, dando pedal, sin pisar freno.

De pronto, tras los densos nubarrones,

se siente la llamada de la tarde,

herida por el gris de la llovizna."



Las nubes hablan siempre de tristezas y, triste, me encamino en el paisaje, y un denso olor a bosque me sorprende. Parece que me pide este poema que escribo, melancólico, a la noche, soñando el parto triste del otoño. Y el parto siempre triste del otoño vendrá con un disfraz dichoso y grácil, oyendo la opereta y su rubato.



"Los meses del otoño son de estudio,

de casa y de paseos no muy largos,

carentes de las viejas libertades.

La lluvia en las Asturias nos convierte

quizás en los amantes de la lluvia,

detrás de los cristales de las casas.

Y hay algo sugerente en las ventanas

bañadas por las gotas de la lluvia,

los tonos de humedad en los tejados.



Parece que la lluvia nos deleita

con cantos silenciosos, si, en la cama,

se escuchan sus conciertos mansamente.

Llegada la estación de los paraguas,

Asturias y Galicia, juntamente,

se visten con color de chubasquero.

Y el puerto y cada playa de estas zonas

naufraga en la tristeza y abandono,

si no corren los niños por las calles."



Diréis que soy un cursi porque escribo tristezas sin razón, versos extraños que saben lamentar fugacidades. Quizás la juventud no es muy prudente, si debe cavilar, como cavilan los viejos, sobre todos los asuntos: la vida precipita su camino y el tiempo nos devora cada día, robándonos las horas que nos dieron.

Las voces del Barroco siguen vivas en los papeles viejos de los siglos, diciendo está verdad que nos ilustra: la muerte que nos ronda hace el momento del tiempo de vivir algo precioso y todos los recuerdos interesan. Pensad en la niñez y en sus afectos, pensad en el amor de las abuelas, pensad en los amigos del entonces. Y el tiempo nos lo quita sin aviso, su paso nos lo arranca sin aviso, sus golpes nos abaten sin aviso. Será que, sin aviso, nos condena, con esa bofetada repentina: la falta de un pariente, un ser amado. Y en ello se ve claro ese destino que no ha de evitar nadie en este mundo: la muerte que vendrá temprano o tarde. Y no debo insistir en esta idea, pero también existe la nostalgia de aquellos herbazales, los maizales... Los viejos eucaliptos y los robles, los viejos castañares de la zona me entienden, como viejos, si lo digo. Y el tiempo os hará ver las ilusiones que encienden los recuerdos silenciosos que traen las humedades de la lluvia.





"Epílogo"



Bajo los negros nubarrones de los días de tormenta -da lo mismo que estemos en primavera que en los meses del invierno-, el crepúsculo acaricia un horizonte asimétrico, formado por las crestas de las sierras, acaso por las suaves colinas, si no es que se admiran sus oros desde la altura agreste de los cantiles. Y las gentes se van guareciendo en sus hogares, como si huyesen de la noche, de las sombras de la noche, del silencio de las sombras de la noche, en cuyas voces, lejanas y distantes, se adivina el eco del viento, el canto de la lechuza y el ladrido de los perros, que no lobos, que ponen espanto en los corazones de algunos, porque todavía hay quien tiene frío y hasta quien tiene miedo. Es entonces, en esas noches tristes y lluviosas, cuando la temperatura desciende en las soledades del campo, cuando apetece arrimarse a la chimenea, mirando el crepitar de las llamas, la leña que arde en medio de ese fuego, las brasas que se desprenden y toman un color infernal. Pero también es entonces cuando la familia se reúne en torno al fuego y festeja, como cada noche, ese momento sagrado en que corresponde escuchar a las abuelas y asustarse con las narraciones tétricas de los más mayores, si hablan del sacamantecas y los viejos aquelarres de antaño, porque sí hubo un tiempo en que sí había brujas, al menos si hemos de creer a los pueblerinos.

Pero la niñez tiene también sus estampas idílicas y sus momentos mágicos, esos momentos distintos que no piden del terror hacia criaturas explicadas como temibles, porque, al llegar la electricidad -de lo que ya hace mucho tiempo-, al llegar la televisión o la radio -que no son precisamente novedades-, los labios de las abuelas dejaron de contar aquellas historias y sus ojos se volvieron hacia aquellos aparatos, primero en blanco y negro y luego en color. Los días discurrían en color, como las tardes, y, en casa de las abuelas, en verano, durante la noche, al apagarse la televisión, era posible escuchar el canto de los cárabos, si había cárabos; el de los grillos, si había grillos; el de la cigarra, cuando el verano pasaba su ecuador. Y la lluvia lo llenaba todo en este territorio de cielos grises donde, cuando ocurre, el milagro es el sol, abriéndose paso a su gusto, tras el aguacero, llevando a su capricho el arco-iris, pero también regalando los brillos a cada zona del paisaje, porque los helechos, las hierbas y los juntos de la charca solían vestirse con las galas de ese raro resplandor donde una luz destella, animando a los muchachos, siempre con botas de agua -parece que ahora no se estilan- a pisar los charcos y a gozar de la vida.

De la conjunción de aquellos días de sol y lluvias, de infancia responsable durante las clases -o no tanto- y de serio vandalismo al llegar las tardes, cazando mantis y apedreando gatos, porque siempre había un gato bien dispuesto para los tirachinas más rápidos, nacen esas impresiones que, durante la misma niñez, son solo vivencias que exhalan un halo de poesía que solo se hace palabra mucho tiempo después, cuando el adulto crece más que cualquier adulto y retorna a la niñez perdida del modo en que la humanidad lo hace -sueña que lo hace-, al regresar al paraíso perdido que describió Milton con detalle. Quién sabe si no habrá cierto adanismo en las personas melancólicas que se regalan a la nostalgia, recordando una niñez que les es propia y exclusiva, que no pueden compartir con nadie, que solamente pueden narrar para, de alguna forma, acercar a otros a una subjetividad que de ninguna manera pudiera pertenecer a otro. Es esta la materia que nutre la poesía que escribimos, si es que escribimos -otros pintan, otros componen sus sinfonías...-. Y, por supuesto, de ella proceden estos cuentos, si es que en ellos has encontrado algo que realmente te conmueva.

Pensad, en todo caso, que los cárabos y los mochuelos, las cigarras y los ocasos del otoño que veis retratados entre los verdes de un paisaje que todavía existe, sin embargo, han dejado de ser presente: cuando uno regresa a la tierra y camina por los pastizales que lo vieron hacer sus primeras travesuras -tendríamos la edad de doce años, que ya son bastantes para un zagal-, contemplando las viejas fincas de entonces, las ruinas de la tejera, los hórreos que se van cayendo lentamente, uno siente o que está en un lugar que le es ajeno o que ha regresado a un momento del que jamás debió partir. Y no digáis que me equivoco: percibimos muchas veces que hay momentos de los que se parte, por más que, en realidad, es el tiempo el que, de manera inexorable, nos abandona. De este modo, las flores de un abril perdido, los ocasos presentes que son premonición de muerte y las tardes de un viernes cualquiera de octubre o de noviembre, tras las vacaciones estivales, se vuelven sugerentes para el que quiere escribir. Pero hemos de suponer que, en todo caso, no es la niñez del que quiere leer la inspiradora de todos estos discursos. Entonces, justo será decirle al lector, si se atreve, que sea él el que tome la pluma. Ningún escritor puede dar de sí algo que no sea reflejo de sí mismo, dicho sea con prudencia.

En lo tocante a lo demás, espero que os hayan gustado los relatos.




2017 © José Ramón Muñiz Álvarez