lunes, 10 de abril de 2017

Para Lara

 Para Lara



Quiere ser, con la alborada,
el nacer del nuevo día
con un guiño de alegría,
sobre la nieve callada.
Y, si vive alborotada
la llamarada luciente,
parece clara la fuente
cuyo curso cristalino
iba al lado del camino,
desatando su corriente.

Nació el día donde, vivo,
regalando su favor,
quiso vida en su color,
entre callado y esquivo.
Porque puso en el estribo
el pie el sol que separa
la luz, la mañana clara,
de la negra sombra oscura,
porque en la vida se apura
el nacimiento de Lara.

Y, pues ha llegado al mundo,
que este mundo lo concibe,
viendo la niña que vive,
se hace sol en un segundo.
Y es su mirar vagabundo
en las orillas del río
que refleja el sol bravío,
cuando, desde el alto cielo,
deshacer quisiera el hielo
que corona el suelo frío.


2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

El canto del autillo en la buhardilla



"El canto del autillo en la buhardilla"





        Los troncos de los árboles, ya muertos, les sirven de mansión a los mochuelos que habitan lo profundo de los bosques. El cárabo es más tímido, si acaso, pues vuela sigiloso, entre los robles, cazando ratoncillos y batracios. En cambio, la lechuza y el autillo no temen instalarse en las buhardillas, de las casonas viejas de la aldea.


        El mes de abril, que suele ser lluvioso, también tiene sus tardes encendidas de sol y luz, de magia entre los árboles. Mas, al llegar el brillo del ocaso, se escuchan los autillos en los parques, que llaman al amor en plena noche. Los más supersticiosos tienen miedo, y dicen que convoca al aquelarre de brujas en los montes colindantes.


        De niño, en la buhardilla de la abuela, sentí la voz crispada del autillo, su grito lastimero, para algunos. Jamás pensé que fuera una criatura maligna cuyo grito desgarrado, volara, amenazante, con la brisa. Tal vez, al ser un niño, imaginaba que su llamada dulce, vivaracha, tenía el colorido de otros trinos.


        Los niños tienen grandes cualidades para formar su imagen de las cosas, a costa de ignorar tantos secretos. Y quiso mi inocencia caprichosa pensar que era el autillo, entre las sombras, como el cuclillo, oculto en la hojarasca. Difícil es, no en vano, ver cuclillos, por más que en primavera se les oye cantar entre las densas arboledas.


        No es raro en la niñez ser tan curioso, pues es, en esta edad, cada detalle como un descubrimiento inesperado. Por eso pregunté a la vieja anciana, de rostro bello y pelo blanquecino, pendiente del fogón en la cocina. Y dijo que era el pájaro del agua, criatura singular que, cada noche, las lluvias prevenía en su llamada.
        Y cuántas veces, siempre fantasioso, tomaba, en la mesilla de mi tío, cuartillas de papel, y dibujaba siluetas del autillo y la lechuza. Y viendo ya cercanos esos meses que llegan calurosos, en verano, por la ventana abierta, los buscaba. Mis ojos exploraban en la sombra los vuelos que rizaban en la nada sus grandes alas ricas en sigilo.


        La anciana falleció dejando un hueco que no podré llenar en muchos años, y no podré volver a la buhardilla: sus dueños la arreglaron y vendieron a nuevos propietarios que no quieren amar el canto viejo del autillo. Mas, al llegar abril, siempre lo escucho, y anima en mi a ese niño que otras veces hurgaba en los misterios de la sombra.


        El mundo cambia, y cambian los lugares, y pueblos de otras épocas lejanas se fueron transformando lentamente. Las villas de los viejos pescadores también han alterado su apariencia, tomando un aire acaso más urbano. Y es fácil recordar esas fachadas antiguas y las calles empedradas que fueron dando paso a otros ambientes.


        No son las mismas ya, tras tantos años, las vistas de rincones apartados donde se admiran altos edificios. Pero, según nos vamos, caminando, sin prisa, a las afueras, ese tiempo parece conservarse en el entorno. Los campos, las colinas, el arroyo, los densos eucaliptos en el monte se pueden contemplar igual que entonces.


        Llegado junio, en días despejados, es grato deambular cuando oscurece, mirar el sol, hundido en la distancia. Es bello deleitarse con nostalgias de tiempos que, si no fueron mejores, tal vez imaginamos más felices. Es la niñez que vuelve, es el momento de revivir al niño que no existe, pues lo hemos encerrado en lo profundo.


        Y, tras ponerse el sol, con sus dorados, sentado sobre un banco en San Antonio, descubro las estrellas en la altura. No hay duda de que es todo un espectáculo, cuando la brisa baña ese montículo, borrando los rigores de la tarde. Y, entonces, encendiendo el cigarrillo, regreso por veredas que la luna me deja adivinar entre la sombra.


        En la estación existe un parque humilde, sereno, con sus sauces melancólicos, que lloran desde el brillo de la aurora. Allí se escucha el canto del autillo, quimérico y extraño, casi mágico, y entonces el recuerdo se hace intenso. La brisa ha refrescado el aire puro, y el grillo, en su concierto interminable, le da acompañamiento al viejo autillo.


        Llamando a los amores, el reclamo de la rapaz nocturna nos sugiere los sueños de las noches de la infancia.  Poblado de dragones y de gárgolas, el mundo era tal vez más sugerente, mirado con los ojos de un chicuelo. También el mar, entonces, era abismo de rémoras, marrajos y piratas y las mansiones eran un castillo.


        Después se esconderá el viejo mochuelo, y el canto de los cárabos del monte se irá apagando allá, en lo más profundo. La Fuente de los Ángeles murmura, risueña en primavera, mientras canta feliz, entre las ramas, un jilguero. La calma llena el aire, y el paisaje se admira con el alba que despierta con claras llamaradas de alegría.


        Al fin se pueden ver, en cualquier parte, cuando el hurón se esconde y los raposos, el pardo de la piel de los tritones. No suelen esconderse en lo profundo del manantial alegre y vivaracho, donde los capturaban los muchachos. También, de niño, yo jugué a cazarlos en los abrevaderos de las bestias y en las corrientes claras de las fuentes.


        El canto del autillo se ha perdido, pero es posible ver, y las urracas, los cuervos y arrendajos recortan con sus alas cada soplo. El aire se hace amigo del cuclillo, del raro picachuelo y sus colores, bajo la vigilancia de la aurora. También acechan, rápido, el cernícalo y, fuerte, el poderoso ratonero, desde el tendido eléctrico, en los campos.


        Pasaron esos años tan idílicos de casas encantadas, de misterios, de juegos infantiles en el patio. Y entonces era bello el sol al alba, la lluvia en los cristales y los charcos formados en la vieja carretera. El universo entero se enseñaba cuajado de sutiles maravillas en los lugares más insospechados.


        El canto del autillo en la buhardilla, la luz de las estrellas en los cielos y el ruido de los grillos son promesa. Y el tiempo transcurrido se ha perdido, mas vuelve a suscitar, en la memoria, vivencias que conserva el alma vieja. Herido ya el espíritu cansado por una juventud tan agitada, la infancia sigue viva, sin embargo.





2010 © José Ramón Muñiz Álvarez: “Los arqueros del alba”

Los arqueros del alba (I)

Arqueros del alba



Para María Dolores Menéndez López



Soneto I



        El viento helado que rozó el cabello,

Llenándolo de escarcha y de blancura,

No osó matar su hechizo, su ternura,

Sus luces, sus bellezas, su destello:

        Manchado de granizo fue más bello,

Más puro que la nieve cuando, pura,

Desciende de los cielos, de la altura,

Tan diáfano que el sol luce en su cuello.

        Hiriéronla los años, la carrera,

El rápido correr hacia el vacío,

Mas no perdió la luz de su alegría.

        Sus risas, floración de primavera,

Fluyeron como, rápida en el río,

El agua en su correr, helada y fría.



Soneto II



        Un ángel vi de niño en la mirada

De aquella anciana dulce y cariñosa,

Más bella que la aurora perezosa

Cuando apagó su voz de madrugada.

        En su cabello blanco la nevada

Hirió el color luciente de la rosa,

Y el pardo de sus ojos hizo hermosa

De su mirar la luz, alma hechizada.

        De niño vi en su rostro la dulzura

De aquella vieja a la que, agradecido,

Besaba con amor en la mejilla.

        Su voz hablaba llena de ternura,

Amable siempre, en tono suspendido,

Mostrando, con amor, su alma sencilla.



Soneto III



        La orilla alborotó un mar coralino

Y el cielo asaltó, puro y despejado,

Aquel caballo raudo que, embrujado,

Pincel se hizo del aire cristalino.

        Y hallaste, al avanzar en el camino,

Crepúsculos sin voz, un mar dorado,

Y pudo descansar, ya fatigado,

Tu aliento, firme ayer, hoy peregrino.

        La noche vino larga y duradera

Con el amanecer, robando el día,

Su luz, su brillo, toda la hermosura:

        Mi pecho será luz, y, dondequiera,

Habrá de iluminarte cuando, fría,

Te aceche, sin pudor, la noche oscura.



Soneto IV



        No oiréis correr de nuevo el arroyuelo

Que, alegre, se lanzaba a su caída,

Ni al dulce ruiseñor, cuya venida

La bóveda alumbró del alto cielo.

        Dolores era hermosa como el vuelo

Que alcanza las antorchas de la vida,

Luciente como el alba que, encendida,

Cuajaba en sus cabellos el deshielo.

       Mi espíritu poblaron las malezas

Dejándome en las sombras misteriosas

Que llenan hoy mis versos de tristezas.

       Sus ojos son estrellas luminosas,

Sus luces, altas torres, fortalezas,

Alegres sus sonrisas perezosas.



Soneto V



       A cambio de tus besos silenciosos

Un reino he de entregar, tierra olvidada,

Aire sin voz, llegando a la morada

De todos los misterios y reposos.

       Los guiños de tus ojos cariñosos

Allí me encontrarán, alma cansada,

Lleno de amor, de entrega fatigada

De anhelos y de esfuerzos dolorosos.

       Habré llegado a ti desde la vida

Para volverte vida entre mis brazos,

Y habremos de emprender el largo viaje.

       Del sueño volverás del que, dormida,

Pretenden despertarte mis abrazos,

Que abrieron a tu amor tanto coraje.



La aurora de la muerte



       Los prados humedecidos

Que, besados por la helada,

Con la misma madrugada

Yacían adormecidos,

Escucharon los gemidos

Llegados del firmamento,

Que, rozados del aliento

De la aurora blanquecina,

Apartaron la neblina,

Densa en las alas del viento.

       Y aquella mancha de plata

Que el sol trajo en su carruaje

Iluminaba el paisaje,

Mezclando al blanco escarlata,

Que, aunque tímida, sensata,

De agotarse temerosa,

Rasgó la caricia hermosa

Al rayar en la mañana,

Como caricia temprana,

Llena de luz, olorosa.

       El arroyo, sin apuro,

Aún su cauce empobrecido,

Murmuraba su sonido

Al cruzar el valle oscuro,

Siguiendo el curso seguro

Que, en su descenso tranquilo,

Avanzaba con sigilo

Entre las cómplices sombras,

Regando secas alfombras,

Buscando mayor asilo.

       De las aguas transparentes,

Su curso lento, sencillo,

Se saciaba el cervatillo

Que bebió de las corrientes,

Reflejándose en las fuentes

Donde las juncias brotaban,

Y en las alturas hallaban

La copia de su hermosura,

El sosiego y la frescura

En las nubes que flotaban.

       Y entonces te despertaron

De aquel sueño perezoso,

Con el beso más gozoso

Que jamás imaginaron,

Los colores que llegaron

A las alturas de un cielo

Que alcanzaste, alzando el vuelo,

Al nacer de la mañana,

Donde la llama temprana

La escarcha halló sobre el suelo.



Soneto VI



       Heraldo de bondad fue su semblante,

Más puro que la luz de la alborada,

La gracia de su rostro, la mirada,

Sincera siempre, bella a cada instante.

       En ella la ternura era constante,

Más clara que el granizo y la nevada,

Hermosa como el sol, jamás nublada

La frente cuyo rostro hizo brillante.

       Más pura fue su piel que la azucena

Que brota en primavera por los prados,

Más cándida y más bella, siempre buena.

       Recuerdo que sus párpados cansados

Tendían a cerrarse, aunque sin pena,

Buscando sueños siempre reposados.



Soneto VII



       Un mar navegarás donde, brumosos,

Negando al sol la luz, llama escarlata,

Los vientos, sombra gris, noche insensata,

El cielo cerrarán avariciosos.

       Después de los umbrales cavernosos

Del sueño que en la noche se dilata,

Tus ojos se abrirán, perla de plata,

Buscando los paisajes luminosos.

       Y todo mostrará su luz dorada,

El cielo, el sol, el mar y las orillas,

Para escuchar tu voz, ayer callada.

       Risueñas nuevamente tus mejillas

La brisa sentirán más que hechizada,

La leña dando al alba y sus astillas.



Soneto VIII



       El despertar más dulce y placentero

Cubrió su rostro cuando, de mañana,

Cruzaba, aventurero, su ventana

El sol del mediodía pendenciero.

       Robábale los sueños su lucero,

Valiente y atrevido, pues, lozana,

La luz la despertaba, con desgana,

Besándola, al llevarle aquel platero.

       Después iluminaba el cuarto oscuro

Corriendo la cortina, que, luciente,

Dejaba gala al oro y su belleza.

       Alzábase del lecho y, sin apuro,

Serenos, de su boca, lentamente,

Brotaban los bostezos con pereza.



Soneto IX



       Dejaste transcurrir la hora temprana,

Palacio que en el sueño se escondía,

Y vio volar la luz la brisa fría,

Después de bien corrida la mañana.

       Manchada por la luz, halló lozana

La risa que en tu rostro se encendía,

Tan clara como el sol al mediodía,

Que el cielo hizo del aire soberana.

         Montó, en un cielo lleno de belleza,

La noche su corcel de madrugada,

Las crines sujetando con firmeza.

       Mas no encontró más luz en tu mirada

Que aquel amanecer vuelto en tristeza,

Que el prado halló cubierto por la helada.



Soneto X



       No vueles, ruiseñor, hacia los cielos

Que se hacen más azules en verano,

Ni escapes, golondrina, de mi mano,

Llevada por la brisa y sus desvelos.

       No corras, herrerillo, aunque tus vuelos

Te dejen alcanzar lo más lejano,

Ni escales, carbonero, el aire en vano

De donde caen las nieves y los hielos.

       No partas, ave blanca, si tu nido

Lo tienes junto a mí, donde la tierra

Se alegra de tu voz y tu sonido.

       Amor serán los bosques y la sierra,

Los árboles y el prado que, dormido,

Se olvida de la helada que lo encierra.



El alba despertaba



       El alba despertaba

Sobre las sombras tristes,

Y, oyendo su bostezo,

Corrieron lentamente a las alturas

Las llamas de aquel sol que se encendía

Con paso lento, débil y cansado,

Al tiempo que los mares,

Rozados por la brisa,

Dejaban que las olas se escapasen

Como un caballo blanco por la sierra.

       El alba despertaba

Sobre las sombras tristes,

Y, oyendo su bostezo,

Temblaron los rosales que la escarcha

Rasgaba sin pudor, cuando, inclemente,

Su hielo sobre el pétalo, lo hería

Con un cuchillo fino,

Acaso cristalino,

Veloz, cada mañana de diciembre,

Como un caballo blanco por la sierra.

       El alba despertaba

Sobre las sombras tristes,

Y, oyendo su bostezo,

De nuevo salpicaron los arroyos

Los prados, las orillas, los alisos

Desnudos de las hojas de sus ramas

Que, en tardes otoñales,

Perdieron sin remedio,

Llevándolas las brisas invisibles

Como un caballo blanco por la sierra.

       El alba despertaba

Sobre las sombras tristes,

Y, oyendo su bostezo,

La luna y las estrellas retiraron

Su luz hermosa, débil y cansada,

Al tiempo que la noche se escondía,

Volando hacia otros reinos,

Fugaz como las horas

Que corren como el viento, como el aire,

Como un caballo blanco por la sierra.



Soneto XI



       La luz sobre las sombras se deshizo

Un viernes de noviembre donde, bella,

En el fogón ardía una centella

Que alzó la magia rara del hechizo.

       La lluvia dejó paso al invernizo

Susurro de los vientos, su querella,

Cansados de quejarse, pues aquella

Más dura sonó en boca del granizo.

       Las lluvias y los vientos sacudieron

Con toda su dureza los tejados,

Luciendo, firmes, su perseverancia.

      Las brasas, sin embargo, resistieron

A los chubascos, viendo preparados

Viruta, carbón, leña en abundancia.



Soneto XII



       Sus manos delicadas, temblorosas,

Ya débiles, estaban siempre frías,

Mas no sus ojos, cuyas alegrías

Lucieron en el fuego de dos rosas.

       Sus piernas caminaban temerosas

De algún tropiezo, pero ciertos días

Andaba con soltura si, en las mías,

Sus manos se apoyaban jubilosas.

       Y, júbilo febril, me dio el hechizo

Que pueden dar los ángeles del cielo,

Hasta que su sonrisa se deshizo.

       La luz del sol cortaba el blanco hielo

Que el prado hirió, con nieves y granizo,

Pincel de la mañana sobre el suelo.



Soneto XIII



       El sol buscó un crepúsculo callado

Detrás de las montañas y cordales,

Las luces, las estrellas celestiales

Que al orto dan, desde su principado.

       El oro fue en los mares reflejado

Y el vuelo alzaste, yendo a los cristales,

Del alba, cuyos brillos celestiales

Ardieron en un cielo despejado.

       El árbol deshojado de tu risa

Las noches desnudaron sin apuro,

Las horas, las auroras y la brisa.

       Desnuda pudo verte el aire puro,

Errante voladora tu sonrisa

Donde cayó, a la noche, un sol oscuro.



El brillo incandescente



       Dejad que nazca,

En la lejanía,

El brillo incandescente

Que llena de colores las alturas,

Y que, rompiendo las sombras,

Corran los campos azulados del firmamento,

Siempre a sus anchas,

Los corceles de la mañana.

       Mas no venga la muerte en su galope.

       Corriente sobre corriente,

Abrazarán las aguas de los mares.

       Corriente sobre corriente,

Las de los lagos y arroyos.

       Corriente sobre corriente,

Las de los montes, las de los valles.

       Y, pronunciando su claridad atrevida,

Arrancarán la noche de un zarpazo,

Hiriendo el cielo con sus relinchos,

Con su alegría repentina,

Llenando de bullicio

Las horas que se desperezan.

       Mas no venga la muerte en su galope.

       Corriente sobre corriente,

Alcanzarán los reinos que bostezan,

Los de las sierras dormidas,

Los del estanque, los de las playas.

       Y, pronunciando su claridad atrevida,

Derrotarán las huestes de la noche,

Borrando, a su paso, las estrellas,

Dejando al aire las crines

Lucientes como el oro

Que vuelve a despertarnos.

       Mas no venga la muerte en su galope.

       Dejad que nazca,

En la lejanía,

El brillo incandescente

Que llena de colores las alturas,

Y que, rompiendo las sombras,

Corran los campos azulados del firmamento,

Siempre a sus anchas,

Los corceles de la mañana.



Soneto XIV



       La sombra que borró su rostro bello

Volviéndolo cenizas en la nada

Negar quiere mi voz, cuando, callada,

Se rinde al alumbrarla en un destello.

       La nieve que fue antorcha en su cabello

Haciéndolo más claro, a la alborada,

Recuerdo pudo ser, donde, apagada,

Revive, al recordarla en todo aquello.

       Hirió su voz sin lucha el sinsentido

Que arranca de los pechos el aliento

Que ceden, quejumbrosos, su sonido.

       La muerte arrebató su sentimiento,

Y el hielo sus rosales hizo olvido,

Hiriéndola con fuerza el raudo viento.



Soneto XV



       Prendieron las antorchas su belleza,

Las luces, el color y la hermosura,

Las llamas de una súbita ternura

Que ardió sobre su frágil fortaleza.

       Voló un suspiro al aire y, sin torpeza,

Cruzó el silencio triste, y su figura,

Serena, fue buscando otra postura,

Librando en su bostezo la pereza.

       Sus ojos se entreabrieron y miraron

Con dulce claridad, nunca con prisa,

Gozando de la siesta y su reposo.

       Las llamas de una estrella dibujaron

La bella mariposa de su risa

En su semblante dulce y cariñoso.



2005 © José Ramón Muñiz Álvarez

“Las campanas de la muerte”

Primera parte: "Los arqueros del alba"

Todos los derechos reservados por el autor.