martes, 18 de julio de 2017

Los viernes en la Fuente de los Ángeles





José Ramón Muñiz Álvarez

"Los viernes en la Fuente de los Ángeles"



Los viernes eran días de aventura: la tarde de los viernes era hermosa, dichosa como el tiempo del verano. Las clases se acababan y los niños salían con apuro de la escuela, soñando libertades imposibles. Quedaba atrás el lápiz, la pizarra, las mesas de los niños, los pupitres, los libros y los viejos diccionarios...

-¿Y dices que hay raposos en la zona? -le oyó decir, con aire triste y tímido, después de que cruzaron por el puente. La Fuente de los Ángeles, atenta, sabía del rumor de los muchachos que vuelven de visita en el otoño: solían adentrarse en la arboleda y amar el barro triste de noviembre, cubierto por las hojas desprendidas.

-Supongo que los hay, porque los montes están llenos de arbustos y de helechos -le dijo, no sin algo de ironía.  Sabía que su hermano se asustaba, después de que la abuela les constase sus cuentos y leyendas misteriosas; en ellas, criaturas sorprendentes, llegaban cada noche, y, en los claros, hacían singulares aquelarres.

-Yo nunca tuve miedo a los raposos -siguió con aquel tono tan burlesco que casi parecía provocarlo. Su hermano era menor e imaginaba que el zorro, como el lobo, era de instintos violentos y tenía gran peligro. Le tuvo que decir que no es posible que ataque al hombre el zorro, porque el zorro se escapa si percibe que hay humanos:

-No es fácil que lo veas, si se esconde -le comentó entre risas, satisfecho, jactándose ante el niño asustadizo. También podrían ver, según le dijo, con un poco de suerte, si se tercia, quizás alguna ardilla despistada: lo propio es encontrarlas en verano, y en estas fechas suelen recogerse, huyendo del avance del invierno.

-Podrás ver un milano, si te fijas -le prometió, sabiendo que el milano se pierde siempre raudo, entre las frondas. Ardillas y raposos, un milano, tal vez la voluntad del que imagina y el gusto por perderse por los montes... Los árboles más viejos vigilaban, mezclados con los altos eucaliptos a aquellos dos zagales atrevidos.

-No es raro ver un ferre en este sitio -volvió a insistir-, mas has de estar atento: en solo unos segundos, ya se han ido.

El chico se esmeraba en encontrarlo, buscando con los ojos bien abiertos las ramas y las nubes poderosas. Las aguas de la fuente susurraban los cantos de las tardes moribundas a quienes escuchasen sus conciertos.

-¿Seguro que hay milanos en la zona? -dudaba ya el muchacho, tras un rato, cansado de la larga caminata. Los jóvenes y niños tienen prisa, su edad es agitada y los empuja, volviéndolos espíritus inquietos. Y es lógico pensar que se impacienten, si excitan el carácter del curioso que quiere descubrir cosas variadas.

-Tú déjame coger estas castañas -le dijo con un aire autoritario, poniéndose en su sitio firmemente. Sabía que las horas de la tarde se van con más apuro en esos meses que llegan con los vientos del otoño, sabía que la brisa del crepúsculo quería destronar los brillos débiles del sol que alcanza al fin el horizonte.

Hablaban de los búhos y lechuzas, del cárabo en la noche y de sus gritos, que suelen ser a veces lastimeros. La gente de la aldea temió siempre las voces repentinas de estas aves que se oyen en la noche silenciosa. El niño se asustaba y, escuchando, quería conocer esos misterios que solo saben brujas y hechiceros. Hablaban de la noche y sus peligros, las voces que se escuchan a lo lejos, pasados ya los días de difuntos. La voz de los caminos, esos días, parece diferente, y sus canciones evocan otros siglos muy distintos. El alma de la gente de los castros retorna, por lo visto, y sus susurros resuenan en los bosques y colinas. Hablaban del otoño y las castañas, del viento que, arrancándolas con fuerza, las deja entre los barros del sendero. Las zonas donde crecen los helechos esconden las mejores, muchas veces, si hay alguien que ya vino por la zona. Llenar la bolsa es siempre gran trabajo, y el día se acababa lentamente, negándoles la luz en la espesura.

Atrás quedaba el tiempo del verano, los baños en la playa, los pedreos, los días de silencio y bajamares. Los barcos recogidos y los botes podían sospechar los temporales que llegan cuando es tiempo de castañas. Y aquellos eran meses nocturnales, de calma pusilánime y tristeza, de leña y de carbón en los fogones. Y fueron avanzando en el sendero, dejando allí la noche más intensa, más dura y más terrible entre los árboles. Las aguas de la fuente murmuraban leyendas de las brujas y hechiceros, amigos de los gatos y raposos. Las llamas del crepúsculo elevaban su brillo moribundo, como un verso nacido de la pluma de Machado. Y, estando en casa ya, junto a la estufa, quitaron los abrigos, acercándose, para besar el rostro de la abuela. La gente se sentaba y un brasero brindaba su calor, siempre agradable, en esas noches siempre prematuras. Entonces no existían transistores, no estaba en esos años en las casas la luz de la pantalla de la tele.

Echados ya en la cama, disfrutaron del eco del silencio, del susurro del aire, cuando roza la arboleda. Lejanos, los ladridos de los perros, pudieron encender las sensaciones secretas del misterio de la noche. La lluvia fue cayendo, lenta y triste, llenando de poesía los rincones callados y apagados de la casa.

-Mañana volveremos por los montes -le dijo al más pequeño-, y buscaremos los níscalos que nacen de la tierra. Sabía de un lugar donde los pinos se mezclan con el aire a los aromas amables de los viejos eucaliptos. La tierra humedecida sorprendía, sin duda, al caminante que quisiese perderse entre las sombras de los árboles.

-Mañana volveremos muy temprano -le dijo al más pequeño, prometiendo tener más aventuras y emociones. La noche era más densa en esos tiempos, más gruesas sus tinieblas en el aire, más fuertes sus silencios moribundos. Y en esa calma amarga y melancólica, vencidos, los muchachos se durmieron, soñando con milanos y raposos.

Y el sueño, pronunciándose, cantaba los cantos de las aguas de la fuente, las voces de la brisa entre las ramas. Y el aire en las ventanas fue recuerdo del llanto de la lluvia en las espumas del mar del muelle triste y de los botes. El sábado de otoño llegaría vendido por los gritos repentinos que se oyen cuando chilla el aguacero. La noche era la noche, sin embargo, y el aire de la noche, con su frío, tentaba entre las sombras a las brujas. Sus horas eran densas, tan oscuras, tan tristes que los seres nocturnales podrían tener miedo de la noche. Los duendes de la zona no dudaron en esconder sus risas y miradas, sabiendo prevenirse del peligro. Las hadas de los bosques y la xana que habita los contornos de la zona temieron, como el trasgu, como el cuélebre. Las brujas y vedorios que escuchaban las voces y ronquidos de los vientos también sintieron miedo entre sus mantas. Y tú, que vas leyendo este relato, también tuviste miedo aquella noche, si no es que tienes miedo al ir leyendo.

La lluvia fue cayendo, lenta y triste, llenando de poesía los rincones callados y apagados de la casa. La lluvia fue llegando, bella y dulce,  dejando su color por los lugares dormidos, silenciosos, soñolientos. La lluvia vino pronto, repitiéndose, vendiendo su pregón en cada cuarto, plagado del cansancio de la gente. Distantes, los sonidos de la lluvia, pudieron sugerir las emociones intensas del recuerdo de la tarde.  Perdidas, las palabras pronunciadas, quisieron avivar las aventuras vividas en las horas del crepúsculo.  Risueñas, resbalando en los cristales, pudieron sosegar los sueños plácidos de aquellos niños llenos de inquietudes.  La lluvia, sin embargo, fue cayendo, llenando los rincones de poesía, llenando cada esquina de misterios. Su grito, al apurarse, fue llegando, venciendo a su capricho aquel ambiente de sombras y susurros repentinos. Se oían los ronquidos de la abuela, su voz cascada ya, tras tantos años, el aire que escapaba de su boca...

Y, ahora, si os parece -pues es justo-, dejemos descansar a los que duermen, queramos respetar ese descanso: no en vano, entre bostezos y ronquidos, suceden otras partes de la vida que no han de saber nunca los que sueñan. Dejemos que se vayan a esos reinos, queramos permitirles esos viajes a mundos que nos son desconocidos. Pensad que con la lluvia es suficiente: nos basta con sus golpes educados, rozando levemente los cristales. Pensad que con el aire y la ventisca los puertos tienen su romanticismo y lloran las espumas de las olas. Sentid también que el aire toma cuerpo, que tiene más espíritu si acaso, habiendo esa humedad que trae la lluvia. Y, mientras, cautivados por su magia, la lluvia os ve también ceder al sueño, sabed que me retiro, pues es tarde. Dormid en paz, callad como se callan las horas que respetan a la gente que duerme silenciosa en cada cama. Soñad también con árboles y mares, con fuentes apartadas y estaciones cercanas a esos dulces manantiales.

Y, si sabéis amar el canto dulce del agua que desciende de los cielos, probad a dar oído a sus querellas: podréis amar entonces la añoranza que prende, en el otoño, en los muchachos que fueron a la escuela hace ya décadas; acaso gozaréis del eco triste del agua repentina, de los charcos, del grito cuando corre el aguacero. Y entonces hallaréis que la poesía revive donde cae agua de lluvia, regando con sus gotas la memoria. Y es cierto que la lluvia hará más bellos los puertos y las playas donde llega, haciéndolos brillar ante vosotros. Sabed que vuestros ojos querrán verlo, si el puerto cobra el brillo de la lluvia que cae sobre los barcos y las lanchas. Los bosques, cuando llueve, también brillan, y brilla el claro hermoso con la luna, si el agua lo bendice en el otoño. Después llegará el alba, y, con el alba, la luz verá de nuevo a los hermanos buscar en el pedreo y en el monte. Los viejos champiñones y los níscalos, igual que los mariscos de las costas, parecen ser excusa, en cualquier caso.

-¿Y dices que hay raposos en la zona? -le oyó decir, con aire triste y tímido, después de que cruzaron por el puente. La Fuente de los Ángeles, atenta, sabía del rumor de los muchachos que vuelven de visita en el otoño: solían adentrarse en la arboleda y amar el barro triste de noviembre, cubierto por las hojas desprendidas.

-Supongo que los hay, porque los montes están llenos de arbustos y de helechos -le dijo, no sin algo de ironía.  Sabía que su hermano se asustaba, después de que la abuela les constase sus cuentos y leyendas misteriosas; en ellas, criaturas sorprendentes, llegaban cada noche, y, en los claros, hacían singulares aquelarres...

Los viernes eran días de aventura: la tarde de los viernes era hermosa, dichosa como el tiempo del verano. Las clases se acababan y los niños salían con apuro de la escuela, soñando libertades imposibles. Quedaba atrás el lápiz, la pizarra, las mesas de los niños, los pupitres, los libros y los viejos diccionarios...






2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

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