lunes, 17 de julio de 2017

Terras fidei I

"TERRAS FIDEI" I

        Son versos que pronuncia el campesino
cuando la noche sabe vagabunda
los versos del saber en que se funda
su canto triste, claro y cristalino:
        desmiente el eco triste y mortecino
los besos de la tarde moribunda,
si sabe del crepúsculo que inunda
su muerte con su brillo peregrino.
        Los valles ven morir un sol valiente,
los montes callan tristes y brumosos,
y todo viene a ser pura tristeza.
        La tarde va cayendo lentamente
detrás de los cordales silenciosos
que ven morir la luz con su pereza.


        -¿Y dónde está la casa de la vieja? -le dijo, con un aire de desprecio, queriendo demostrar su valentía. Pisaban los helechos maltratados por lluvias silenciosas, por el viento y el beso amargo y gris de los otoños. El ruido del arroyo mortecino llenaba, con sus llantos y susurros, la escena, con sus músicas calladas.
        -¿No dices que conoces el contorno? -le supo replicar con la ironía que enciende en el coraje despechado. Las nubes avanzaban en un cielo que hablaba de vejeces y derrotas a los que lo miraban desde abajo. El bosque demostraba el colorido, queriendo el disimulo de los oros que sabe desmentir las rendiciones.
        -Yo sé que todos dicen que el sendero conduce a la casona de la bruja -se impuso con su genio el más pequeño. El sol se retiraba como suelen los viejos generales con sus tropas, mordiéndose los labios con enojo. Las horas de la tarde se acortaban, la luz se hacía débil sin apuro y un brillo saludaba en lo lejano.
        Requejo no tenía sino trece, pero era el capitán de aquel grupeto que ardía por hallar aquella casa. Pichola, que era su lugarteniente, tenía un año menos y era grande, tan alto como un pino, si se quiere. Los otros, con sus once, no eran altos, pero era su coraje el que quería mostrar mayor valor que los mayores. Mostrar mayor valor que los mayores es siempre la labor del más pequeño, si quiere uno partir a la aventura. Mostrar mayor valor que los mayores es siempre ese deber al que se deben los niños que se inician en maldades. Mostrar mayor valor que los mayores tal vez era un deber inexcusable que había que cumplir como ninguno.
        Requejo despreciaba a los más niños:
        -Son blandos, se acojonan fácilmente -decía, con un gesto de desprecio.
        Pichola le seguía siempre el juego:
        -¿Qué quieres? Solo son unos muchachos, no saben de las cosas de la vida.
        Los chicos se mostraban resentidos:
        -Si dicen esas cosas, no comprenden que somos más valientes y más hábiles.

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

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