lunes, 17 de julio de 2017

Terras fidei III

"TERRAS FIDEI" III

        Las nubes, pronunciando sus colores,
el gris de su bandera, que encendía
su guiño de febril melancolía,
pudieron confesar sus desamores.
        El cielo dibujó, entre resplandores
que quiso el alba bella donde el día,
la llama de ese sol que repetía
sus llantos, sus lamentos y dolores.
        Qué tristes sollozaron los maizales,
heridos, malheridos por el viento,
no lejos del sendero silencioso.
        Lloraron, con sus brillos otoñales,
diciendo al aire mismo su lamento,
los valles con su acento doloroso.

 
        El padre de Pichola era gallego, la madre era asturiana y un abuelo venía de los vascos, nada menos. Pichola era un zagal de vivo genio que amaba los maizales de la tierra y aquellos castañares malheridos. Los otros eran puros asturianos, los hijos de los vientos y la lluvia, y hermanos de la tierra y del arroyo que va de la montaña hacia los mares.
       Pichola hablaba siempre de las meigas, de todos sus secretos y sus ritos, de toda la maldad que hay en su vientre. Los otros escuchaban sus relatos, plagados de fantasmas y de diantres, mirándose con cierto escepticismo:
        -Yo pienso que eso son cosas de viejas -solían responderle, si es que hablaba de todas las rarezas de su tierra.
        Y, en cambio, no era pobre nuestra Asturias en mares de ignorancia y en herencias de aquel pasado triste de los tiempos: los trasgos y los cuélebres existen de nuevo en nuestro mundo y su presencia nos viene a recordar a los ancestros. No somos muy distintos los astures de gentes de otras tierras, de berzales, galaicos y de cántabros, si acaso.
        -Que luego llego tarde y me castigan -oyeron al penúltimo, que hablaba con esa voz aguda de un muchacho. De pronto, todos juntos, al unísono, se vieron avanzando por la senda, buscando aquella casa misteriosa. Querían acercarse y atreverse, como un explorador en plena jungla, quizás, a entrar allí y mirarlo todo.
        -Tampoco quiero yo que me castiguen, que el sábado es sagrado -comentaban los chicos de camino al edificio. Los sábados son tiempo de aventura, después de tantos días de colegio, de cuentas y de números malditos. Los cuatro coincidían en que el viernes y el sábado eran días deliciosos, momento de sentirse un alma libre.
        -Mirad aquella casa abandonada -le oyeron al mayor que, con el índice, mostraba aquellos muros apartados: detrás de la colina, en las orillas del viejo arroyo triste y pusilánime, no lejos del molino, la encontraron. Aquel era un lugar para los córvidos, guarida de raposos y de urracas, de hurones y mochuelos sigilosos.

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

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