lunes, 17 de julio de 2017

Terras fidei V


"TERRAS FIDEI" V

        De nuevo fue en noviembre la otoñada
como una puñalada que, encendida,
al bosque le dio luz, y muerte en vida
le pudo dar también a la quebrada.
        Y supo el horizonte en que, nevada,
la cumbre se admiraba presumida,
que aquella puñalada era una herida,
que siempre hiere toda puñalada.
        Y quiso ser dichoso aquel paisaje,
sabiéndose febril y amenazado,
eterno condenado a su destino.
        Sus luces encendió como homenaje
al beso de un verano ya pasado,
mezclando a su recuerdo el desatino.

 
        Pichola hablaba siempre de la bruja, de todos sus excesos y maldades, de todo su poder y de sus crímenes: si hacía que el ganado se muriese, si hacía que enfermasen los más niños, si hería con el tufo de su aliento. Y el caso es que la bruja era querida por todos sus vecinos en el pueblo, pues todos la llamaban, si era el caso:
        -Tenemos este potro que se muere.
        -La vaca del Benancio, que está enferma.
        -La hermana de Rogelio, que paría.
        La gente veneraba a aquella anciana de rostro carcomido por los años, de pelo blanquecino, limpio y puro. No en vano, resolvía cada trance, sabía lo que hacer y todo el mundo pedía soluciones imposibles. Quizás no era una fiera del averno que vino a maldecir a los que viven con esas carcajadas y sus gritos. Las brujas de los cuentos, sin embargo, son seres que envenenan con maldades el bien y la salud de las aldeas; las brujas de los cuentos y leyendas que alzaban en su escoba el vuelo raudo, buscando las alturas en la noche...
        -Obdulia -le decían los del Trasno-, tenemos al pequeño con catarro, y el caso es que ya tiene mucha fiebre.
        -Obdulia -le decía Manolita-, que tengo esta infección y que los médicos no saben del remedio que lo cure.
        -Obdulia -le pedía doña Carmen-, que tengo mal al nieto y no espectora, y habrá que darle más de ese jarabe.
        Obdulia era mujer amable y buena, pues nunca se negó, cuando un vecino pasaba, a cualquier hora, por su casa: "Tenemos tal problema", le decían, y no tardaba en ir para ayudarlos, pues era una mujer irreprochable. La gente la tenía en su recuerdo con el cariño propio que en los pueblos mantienen, tras los años y las décadas.
        Decía don Clemente, el viejo cura del pueblo, del villorrio, que esos credos tan solo eran recuerdo del pecado:
        -Pensad en la ignorancia de otros tiempos, en las supersticiones de otros tiempos, en las aberraciones ancestrales...
        Los viejos de la villa no sabían lo que eran esos términos tan nuevos que usaba el viejo cura desde el púlpito.

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

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