lunes, 17 de julio de 2017

Terras fidei VI

"TERRAS FIDEI" VI

        Derrota fue del sol junto a los mares
al tiempo que otra noche se avecina,
la burla del otoño más mezquina,
corriendo los paisajes más dispares.
        Dibuja el sol, fingiendo malabares,
un llanto amargo y débil que adivina,
yacente ya, la sombra mortecina
que muere donde están los castañares.
        Las llamas del crepúsculo vencido,
que deja en estas brisas su lamento,
parece ser la ruina de una aurora.
        Y sigue ese murmullo, ese sonido
que canta el arroyuelo con el viento,
la brisa en su palacio, cuando llora.


        Los cielos, en efecto, se cubrieron con toda su tristeza y con su luto, sabiendo que moría ya la tarde. Los viejos horizontes musitaban canciones tan amargas como tiernas, sabiendo que moría ya la tarde. El sol le dio a la noche el principado, después de convocar la retirada, sabiendo que moría ya la tarde. Y existe un mundo extraño pero bello, poblado por helechos y por zarzas, que muere lentamente en el otoño. Existe un mundo extraño pero bello, colmado por los dones de la vida, que llora cuando lloran los crepúsculos. Existe un mundo extraño pero bello que sabe lo que sienten los que mueren, si muere cada tarde cuando es noche. Los cielos se cubrieron de tristeza, de luto y de dolor, de sensaciones de duelo y de amargura sin remedio. Los viejos horizontes suspiraron como el aliento triste de la brisa que corre los espacios en noviembre. Y el sol firmó por fin un armisticio que quiso darle paso a su crepúsculo, cansado de la vida en la batalla. Requejo vio morir aquella tarde, Requejo lamentó que aquella tarde perdiese su belleza repentina. Y es cierto que lo bello y repentino, pintando las estrellas en la bóveda, fue el beso silencioso de la noche. Y el beso silencioso de la noche los hizo regresar a su morada, buscando los caminos conocidos.
        -Sabéis que hay que volver, que la aventura tendrá que renovarse y que es preciso volver hasta la casa de la bruja.
        Son estas las palabras que les dijo, tal vez comprometiéndolos, haciendo que hubieran de volver a estos paisajes. Los viejos champiñones, los coprinos, los níscalos, si acaso, dormitaban debajo de malezas siempre verdes. Algunas veces eran de colores parduzcos, y otras veces amarillos esos brotes que hieren con su aliento los otoños. Y vieron el regreso de los niños, volviendo de la casa de la bruja, si caso hubo una casa en esa zona. Y vieron regresar, como guerreros de tiempos medievales a los chicos, los cuales iban ya para sus casas.

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

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