martes, 11 de julio de 2017

Tratado de la locura

"Ignoro si es correcto confesarlo: no suelen los paisajes del espíritu querer mostrarse fáciles ni abrirse, con un lenguaje lógico, a las gentes. Por eso los poetas son oscuros, por eso su lenguaje es siempre extraño y hermosas, pero raras, sus metáforas. Y, hablando de metáforas, parece que el cielo es la metáfora del ánimo que prende en las palabras del poeta.
Yo sé de cielos tristes, silenciosos: los hay llenos de luz en su crepúsculo, callados sobre mares enojados, cuajados por la lluvia que no cesa. Y, en cambio, me deleito en la ventana, dejando que la vista busque lejos el último perfil del horizonte. Y el último perfil del horizonte nos puede sugerir extraños salmos que anoto en el cuaderno de los locos.
Diré que la poesía no alimenta: quizás se olvida el hombre de las penas leyendo tonterías, y por eso les dan a los poetas tanto bombo. Y, junto a la ventana, lamentándome (las voces del espíritu se quejan), no ignoro que es estúpido el lamento. Y es raro y es estúpido escribirlo, con líneas elegantes, en las hojas del diario que no debe hallar ninguno.
Pongamos, pese a todo, que lo hiciera: podría llenar todo este cuaderno de extrañas tonterías, de patrañas, fingiendo en prosa y verso algún propósito. Después, tras muchos días de escritura, podría pretender que alguien lo hallase, quién sabe si después de muchos siglos (ya os digo que los viejos escritores estamos algo locos y que obramos del modo más extraño e incomprensible).
Después iría junto a los castaños: existen, tras la calle de la iglesia, caminos que conducen a caminos, senderos que conducen a senderos. Y, luego, tras andar esas veredas, nos muestran los otoños castañares que alternan con los viejos eucaliptos. Allí habré de entregar, en una caja, la voz de mis escritos al silencio, las letras a la noche más oscura.
Y luego querrá el tiempo prolongarse: tal vez, con la humedad, no quede nada, tras años de paciencia insoportable, y así no quede un verso de los míos. Tal vez sepa el silencio de la nada volverse buen lector y apreciar algo de cuanto ilusionado le regale. Y acaso un alma noble encuentre el texto y alcance a investigar los caracteres, amando las lecturas que contiene.
De todos modos, todo es tontería: mi amiga la ventana me lo dice, lo dicen las cortinas que me enseñan la luz que hay más allá de sus tejidos. Detrás puedo saber, si se despejan los cielos que no alumbran el otoño, los montes recortados de la costa. Y entonces las ventanas y cortinas me aconsejan que deje de soñar, que vuelva al mundo de gentes de provecho y cosas prácticas.
¡Si acaso lo dijera a los amigos! Prefiero muchas veces que la gente no sepa lo que digo a los espejos, si un día estoy lavándome los dientes. Sabed que los espejos, envidiosos del verso y de la prosa que imagino me escupen sus verdades repentinas: la edad y la demencia que me llenan obligan a que piense, con prudencia, las cosas que, de pronto, se me ocurren.
Supongo que es salud esta locura. Salud debe de ser cuando se vive, si es vida este vivir, donde las máquinas apartan lo que otrora fuera el hombre. Salud debe de ser y en mi provecho querer hacer las cosas más inútiles, pues sobran los motivos necesarios. No es justo en esta vida que el motivo se erija en dictador y nos gobierne, si hay gusto en hacer algo por el gusto."
Así dijo Fermín, mientras pensaba: los bosques alejados de la casa dejaban que sus verdes se asomasen a su conciencia llena de poesía. También las nubes negras lo querían hacer ver la verdad, con el azote de lluvia y de granizo repentino. Los truenos se enfadaron con su modo de hacer, su sinrazón y sinsentido, con sus maquinaciones alocadas.
"No importa si no leen lo que escribo: yo sé que el alma vive en cuanto existe (no el alma que nos dice el sacerdote, hablándonos soberbio desde el púlpito). Mas debe haber un alma en cuanto puede llenarnos de poesía, sugerirnos que puede haber belleza en cada parte. La luz del mundo alumbra mil rincones que esconden su belleza, su secreto, jugando con audacia al guarecerse.
No importa si no leen lo que escribo. El alma de las cosas puede hacerse belleza en el secreto de la tierra de forma a semejante a ese secreto que oculta la belleza de las cosas. No en vano, los paisajes son hermosos, las horas del crepúsculo lo dicen, los dicen las estrellas cuando salen, las luces que se encienden con la aurora..."
Y un día, de mañana, salió pronto. Llevaba bajo el brazo un viejo cofre, tallado con trabajo bellamente, pequeño y elegante, sin adornos. Quien viera caminar al desdichado diría que es absurdo escribir tanto, tejer extraños versos y enterrarlos. Los versos que no ven la luz del día son versos que murieron sin ser vistos, carecen de sentido para el mundo.
Pensaba en esas noches apagadas. El musgo sabe siempre los secretos que no comentan nunca, entre las ramas, los pájaros del bosque más tupido. Y el caso de sus versos era extraño, tal vez una aventura insospechada de densa oscuridad y extraña espera. Quién sabe si algún día, bajo el pino, querrá cavar alguno y halle el cofre que guarda los tesoros más extraños.
La caja duerme hoy día su silencio. Y, porque suelen ser tan ocurrentes los locos que hacen cosas tan absurdas, de nuevo tuvo ideas delirantes. Supuso que era el mar también un templo, lugar donde dejar que sus escritos viajasen a lugares impensables. Y entonces escribió sobre piratas valientes, sobre bravos bucaneros, también sobre corsarios aguerridos.
Y pronto comenzó aquella aventura:
-Mis versos hallarán playas lejanas -le dijo a las arenas de las playas, después de echar al agua su botella.
-Mis versos llegarán al Nuevo Mundo -le dijo a los cantiles de la zona, después de echar al agua su poesía.
-Mis versos serán mar entre los mares- le oyeron repetir los precipicios, si acaso iba a mirar al horizonte.
Y nunca supo más de sus escritos:
-Tal vez los haya hallado algún pirata -decía con voz baja a los cristales, prudentes con su punto de locura.
-Tal vez estén en manos de un corsario -le oyeron repetir esas cortinas, discretas con sus raras necedades.
-Tal vez los tenga algún aventurero -supuso, demostrando su alegría quizás al aire triste de noviembre.
Y siempre paseaba por las playas:
-Mis versos son un mar en el océano -gustaba repetirse en el silencio, seguro de que nadie lo escuchaba.
-Mis prosas son un aire entre las brisas -quería convencierse en sus paseos, seguro de que nadie lo escuchaba.
-La voz de mis escritos es el mundo -suspuso, tras dejar que sus escritos volasen, como el aire, hacia la nada.
También en don Quijote hay algo grande: los sabios ignorantes y los locos parecen recordarnos que este mundo de prisas y tensiones es absurdo. Queremos muchas veces conciliarnos con esas gentes simples que diseñan extrañas fantasías imposibles. Y es justo lo que hacemos cada día: vivir con esa envidia que se esconde queriendo desvelar otras locuras.
No en vano, es este escrito una locura: el mar os lo ha llevado lentamente, quién sabe si entre espumas, a las casas donde habitáis los listos y sensatos. Vosotros recibís esta poesía dejada en una página cualquiera, perdida en ese mar que son las redes por donde navegáis los internautas. Y hay algo quijotesco en este escrito, sin falta de enterrarlo ni arrojarlo por playas apartadas y preciosas.
El caso es que es también vuestra locura. Y es esta una locura saludable, si al cabo comprendéis que están más locos aquellos que, amasando mil millones, se olvidan de vivir lo que es la vida. Y acaso es nuestra vida la locura de hacer lo que queramos, si podemos, en este breve plazo que nos dejan. Después vendrá la muerte con su noche y habrá de revivir en el vacío la voz de la memoria que ignoramos.

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

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